Brainstorming

El proyecto estaba a punto de nacer. Después de una frenética tarde recorriendo tiendas aquí y allá en busca de post-it’s de las más diferentes formas y colores, todo estaba preparado para que comenzase la acción. Provistos de nuestras herramientas de trabajo, escuchábamos las últimas indicaciones de la profesora con impaciencia, casi con ansia, deseosos como estábamos de ponernos manos a la obra de una vez por todas. Terminado ese último trámite, entonces sí, dio comienzo, al fin, lo que llevábamos tanto tiempo esperando.

Como si de una competición a vida o muerte se tratase, los ocho miembros del grupo tensamos nuestros cuerpos y exprimimos nuestros cerebros tras el pitido inicial de la maestra, convertida en improvisado árbitro de aquella contienda imaginaria. No había existido pitido, ni existía árbitro, pues la contienda no era tal, pero el caso es que ocho personas estaban concentrando todos sus esfuerzos para darle a ese punto inicial del proyecto el mejor aspecto posible. Tras unos segundos de profundas cavilaciones internas, los más rápidos e inspirados se levantaron de sus asientos, habiendo dado forma ya a los primeros cimientos del proyecto. Unos segundos que fueron minutos para los más rezagados (entre ellos un servidor), que terminaron poniendo también su granito de arena en el origen de la obra.

Acabada la fase creativa, nos disponíamos a dar paso a la siguiente etapa del proceso cuando surgió el primer inconveniente inesperado (o quizá no tanto) de la mañana. Resultaba que la pared de gotelé de la clase no era la superficie más apropiada para acoger a nuestros preciosos post-it’s, y hubo que improvisar para encontrar una base de operaciones en aquella estancia, que no destacaba especialmente por su oferta de lugares seguros. El débil pegamento de nuestros papelitos tampoco ayudaba, todo hay que decirlo, pero terminamos encontrando un lugar que nos permitía, al menos, continuar la actividad sin demasiadas interrupciones. Algo es algo. Nuestra nueva ‘casa’ resultó ser la persiana de una ventana sin cristal. Sí, han leído bien. Una ventana sin cristal, vaya usted a saber por qué. El caso, que nos vamos por las ramas, es que ya teníamos nuestro centro de operaciones. En la persiana de una ventana sin cristal. Y allí estaban, aferrándose a ella como buenamente podían, los 48 post-it’s que contenían el producto de nuestra capacidad creadora. 6 por cada miembro del grupo. La mitad indicaba el posible tema, los 30 ‘topics’ que podrían ser el corazón del proyecto, y la otra mitad hacía referencia al público objetivo, a los que serían beneficiarios del futuro latir del mismo. Todos allí colocados, juntitos, componían una formidable tormenta de colores que embellecía el concepto del brain-storming. Refugiados por aquí, salud por allá; diversidad por un lado, espectáculos callejeros por otro.

Los temas eran muchos, y muy variados, así como el posible público objetivo, por lo que llegaba el momento de conceptualizar, unificar posturas e ir acotando poco a poco el espectro temático hasta elegir un vencedor. Es decir, que una vez desplegada y llevada hasta el límite la imaginación, tocaba hacer una criba que diese una forma mucho más concreta y definida al proyecto. A ello nos pusimos de nuevo, con pasión, los ocho integrantes del grupo. Y, tras muchas dudas, muchas discusiones (en el buen sentido de la palabra) y mucho análisis de los pros y contras de cada post-it, un ganador. O, mejor dicho, varios. Nos mirábamos, con un extraño brillo en los ojos. Había sido duro. Casi dos horas de un esfuerzo mental importante, de una concentración tan absoluta que nos había llevado hasta el agotamiento. Pero había merecido la pena. Habíamos dado solo un paso de los muchos que quedaban por dar durante los próximos meses, pero no era uno cualquiera, y lo sabíamos. Era el paso sobre el que debían sustentarse todos los que vendrían después. El alma del proyecto, su esencia. Y no cabía duda de que brillaba con luz propia.

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